1 de julio. María estaba sentada en el asiento trasero del coche que conducía su abuela. Miraba por la ventanilla con esa sonrisa de felicidad que sólo tiene una niña que ha terminado el colegio. Sus vacaciones de verano habían comenzado y eso significaba coger las maletas con rumbo a León. Su abuela se disponía a sacar las llaves para abrir la puerta, cuando una voz que llevaba tiempo sin escuchar hizo que María girara la cabeza. Era Sheila, su mejor amiga. Vivía con sus padres y sus dos hermanos en un barrio a unos quince minutos de su casa, pero sus abuelos eran los vecinos de enfrente. “Los dueños del burro”, como los llamaba María.

Todas las tardes Sheila visitaba a su abuela Carmen y esperaba a que María volviese de la piscina. A las ocho entraba corriendo por el jardín de la casa gritando “¡Señora Aquilina! ¡Señora Aquilina! Soy Sheila ¿dónde está María?”. Y entre juegos y risas pasaban los días de verano. Muchas veces iban también el Jona, la Raquel, la Sheila, el Abraham o el Jose, los primos y hermanos de Sheila. Siempre encontraban un hueco para ir a verlas. Los jueves por la mañana había mercado en León, y María y su abuela aprovechaban para hacer la compra. Allí se encontraba con su amiga. “Yo quiero trabajar como Sheila”, decía muchas veces. Le encantaba escuchar a su amiga gritar a las señoras, que haciéndole caso se paraban a comprar.
Llegó septiembre y las lágrimas se dejaban ver en los ojos de las dos niñas. Pasaron los años y siempre se volvían a ver ese esperado 1 de julio. Sin embargo, llegó el día en el que María no apareció. Las dos tomaron caminos diferentes. Sheila se casó el mismo año que María comenzaba la carrera de Derecho. “Señora Aquilina, le voy a traer el video de mi boda, para que vea cómo es una verdadera boda gitana”. Los mejores vecinos que jamás había tenido una abuela. La mejor amiga de una niña, que se hizo mayor y no supo más de su infancia o no lo quiso saber. Una amistad que murió. ¿El por qué? Tal vez una sociedad que ve con los ojos y no con el corazón.
Muy bonito todo, ¿verdad? Una moraleja perfecta. Incluso puedo afirmar una cosa más: es un hecho real. Pero, señores, despertemos, por favor. Cuando nos preguntan casi nadie se define como racista, es más, damos unas argumentaciones que ni nosotros mismos nos creemos. Pero cuando vemos a un moro, un gitano o un rumano por la calle nos falta tiempo para cambiarnos de acera. Hipocresía, esa es la palabra. ¿Tan difícil es la respuesta? Que sí, que somos racistas, si no no habría tantos problemas con el velo, los burros y las pateras. Si lo eres, acéptalo. Y si no, deja que tu hija se relacione con el negrito de enfrente, una situación difícil de aceptar ¿no? Un poquito de cordura en nuestras decisiones, por favor, que los hipócritas últimamente abundan.
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