EL ABANDONO DE LA ALFOMBRA
La alfombra está desplegada. Las limusinas no pueden brillar más. Los exclusivos modistos dan las últimas puntadas a trajes y vestidos. Los focos se funden ante la caída del brillo de medio firmamento dentro un teatro. Todo está a punto para recibir a don Óscar, que con 78 años a sus espaldas se ha convertido en el abuelo más famoso del mundo.
Ya quisieran muchos jóvenes llamar tanto la atención como él. Llevas meses escuchándolo en la radio, en la televisión, al vecino, a tu madre y al del gas natural. Incluso ha aparecido en tus sueños. Sí. Te levantaste, toda la sala aplaudía, te acercaste a él y te quedaste sin palabras. De pronto sonó el despertador y te caíste de la cama. ¡Nena! Que no estás ni en Hollywood, ni eres actriz, y en tu agenda figura ‘reunión con el jefe’, no ‘cita en los Ángeles’.
Y allí, donde un monte expone nueve letras: oro, plata, esmeraldas y rubíes de una calidad inigualable. Los joyeros dan los últimos retoques a ese collar que se quedará en la retina de medio mundo, o que quizá no, porque la Kidman
lo pierde en un momento de emoción. Todas las expectativas se irían al traste ¿verdad? Entre Channel, Dior, Carolina Herrera, Gucci y Versace corren ríos de sangre. Venderían su alma al diablo con tal de ser elegidos por la persona con más papeletas para subir al tan esperado escenario. Los incontables operarios ponen los focos a punto; la sala está perfecta, ni una mota de polvo vuela entre las butacas; los técnicos de sonido ultiman los altavoces y por el micrófono se escucha el nombre del ganador. Y después del acto, la cena. Tostadas de salmón y caviar con la forma del abuelo es sólo una parte de los suculentos platos que más de mil quinientos invitados tendrán el placer de saborear. La labor de los cocineros: un gran reto digno de aparecer en libro Guinness. ¿Y si la sopa está fría? Las horas transcurren entre risas y anécdotas. De pronto a ese vestido de color blanco roto con pedrería de Swarowsky, que cuesta más que mi Fiat Panda, se le cae una mancha de foie. ¿Se imaginan la situación? Tal vez si eso sucediese la Julia, la Scarlett, o cualquiera que fuese no lo soportaría y se tendría que ir a su modesta casita en el barrio de Beverly Hills, muerta de la vergüenza. ¡Dios mío! ¡George y Richard lo han visto todo! ¡Fotos no, por favor! ¡Ambrosio, el coche, date prisa! O tal vez no. Quién sabe. Yo no estuve allí.
Y allí, donde un monte expone nueve letras: oro, plata, esmeraldas y rubíes de una calidad inigualable. Los joyeros dan los últimos retoques a ese collar que se quedará en la retina de medio mundo, o que quizá no, porque la Kidman
lo pierde en un momento de emoción. Todas las expectativas se irían al traste ¿verdad? Entre Channel, Dior, Carolina Herrera, Gucci y Versace corren ríos de sangre. Venderían su alma al diablo con tal de ser elegidos por la persona con más papeletas para subir al tan esperado escenario. Los incontables operarios ponen los focos a punto; la sala está perfecta, ni una mota de polvo vuela entre las butacas; los técnicos de sonido ultiman los altavoces y por el micrófono se escucha el nombre del ganador. Y después del acto, la cena. Tostadas de salmón y caviar con la forma del abuelo es sólo una parte de los suculentos platos que más de mil quinientos invitados tendrán el placer de saborear. La labor de los cocineros: un gran reto digno de aparecer en libro Guinness. ¿Y si la sopa está fría? Las horas transcurren entre risas y anécdotas. De pronto a ese vestido de color blanco roto con pedrería de Swarowsky, que cuesta más que mi Fiat Panda, se le cae una mancha de foie. ¿Se imaginan la situación? Tal vez si eso sucediese la Julia, la Scarlett, o cualquiera que fuese no lo soportaría y se tendría que ir a su modesta casita en el barrio de Beverly Hills, muerta de la vergüenza. ¡Dios mío! ¡George y Richard lo han visto todo! ¡Fotos no, por favor! ¡Ambrosio, el coche, date prisa! O tal vez no. Quién sabe. Yo no estuve allí.Los primeros rayos de sol hacen desaparecer las estrellas. Los focos se apagan. El momento tan esperado ha llegado a su fin. La alfombra roja, enrollada en una esquina ha quedado en el olvido, así como el derroche de dinero, de trabajo, y de tiempo. Esas estrellas desaparecen, y no porque amanezca, si no porque regresan a sus casas, a sus trabajos, y tal vez a su estrés diario. Aunque no lo crean y dejando a un lado las bromas, si están ahí es por algo. Pero su gran día se ha terminado. ¿Ahora qué? Hasta el año que viene.

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