SIN RUMBO, PERDIDA EN LA CALLE
Nos detuvimos y la luz se apagó. Risas, gritos y voces cantando al son de la música se oían a lo lejos. ¿Dónde estábamos? ¿Qué iba a ser de todas nosotras? ¿Por qué aquellas personas nos habían ido a buscar? De repente, la luz se encendió y nos movimos. Aquella especie de máquina con cuatro ruedas empezó de nuevo a caminar. Otra vez sin saber hacia dónde nos dirigíamos. Otra vez sin un rumbo fijo. Otra vez las mismas preguntas sin respuesta. Otra vez el mismo miedo se apoderó de mí. Hacía frío, mucho frío. El viento golpeaba mi cara y hacía un ruido infernal contra aquella especie de manta de plástico que nos envolvía. Eso me ponía aún más nerviosa. Nos volvimos a detener. Esta vez las risas se sentían más cerca. Aquellas voces no paraban de hablar. Cada vez más y más alto. Cada vez más y más voces diferentes. Cada vez el miedo era mayor. ¿Me estaba volviendo loca? ¿Sería todo un sueño? Todas esas preguntas se borraron al instante de mi cabeza cuando una mano me agarró y me invitó a salir fuera. Una invitación en la que no cabía el rechazo. Pude ver lo que me esperaba. Un montón de gente. Personas desconocidas. Mis amigas estaban con ellas. La misma situación. Los mismos pensamientos. Pero eso ya no me consolaba. Todo aquello de lo que nos habían advertido, lo estábamos a punto de vivir. Nos habían preparado para no tener miedo, pero él seguía conmigo.
Pasé de mano en mano. De boca en boca. Serví de celestina para muchos. Pude escuchar mil historias. Risas y llantos. Viví el dolor de esa chica a la que su novio le decía que se había acabado el amor. Saboreé el primer beso de aquella pareja, que después de una larga conversación se decidía a dar el primer paso. Hice de ruleta para lograr dibujar una sonrisa en aquel grupo de jóvenes. Y pasaron las horas. Y ese miedo del principio parecía desaparecer. Sin embargo, recordé las palabras de mi padre: “Naciste con un único objetivo. Durará apenas unas horas y será increíble, o todo lo contrario. Y cuando lo hayas cumplido, todo se habrá acabado”. Sentí que ese momento había llegado. Estaba volando por los aires, y ahí abajo ya no había historias bonitas. Me caí encima de alguien, y de ahí fui rodando por el suelo hasta chocar contra un muro interminable. Mis amigas. ¡Dios mío! Las mejor paradas estaban como yo, y las otras… en pedazos. Todo había llegado a su fin. “Acabarás como cualquier otra botella, hija mía: vacía, sin rumbo, perdida en la calle”.

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